Torres de hasta 75 pisos, una plaza de cinco hectáreas, áreas comerciales y de ocio, 5.000 apartamentos, escuelas, restaurantes, hoteles, teatros... Nueva York no volverá a ser igual: el proyecto 'Hudson Yards', que cambiará su famoso skyline para siempre, ya está en marcha
18 DIAS MANHATTAN
Abrimos nueva temporada en la que nos colaremos en fiestas, estrenos de cine y en camerinos de teatro; acudiremos a festivales para contaros la cara b de sus fiestas; salas VIP, conciertos, inauguraciones de exposiciones, presentaciones de libros y fiestas de escritores; cibelearemos, conoceremos a famosos divertidos, otros interesantes y famosos que no deberían ser famosos. Contaremos todo eso y hasta lo que no se puede contar, pues este cronista regresa en 30h con más fuerza que nunca.
Ahora, permitidme unas cuantas claves sobre Nueva York, ciudad en la que he estado viviendo los últimos 18 días. De hecho, esta crónica la escribo desde The New York Public Library, una biblioteca enorme, maravillosa, un monumento que se encuentra en la 5th avenue. A mi lado, ahora mismo, dos negros, muy concentrados, no apartan los ojos de sus apuntes. Unos turistas chinos les hacen fotos.

A unas diez calles, en esta misma 5th avenue, se encuentran las tiendas de renombre con los admirados escaparates de lujo, Emporio Armani, Gucci, Bergdorf Goodman, Prada, Cartier, Bvlgari, Louis Vuitton, Bottega Veneta (ojo a los abrigos amarillos y naranjas)… y sí, claro, también están las joyas tantas veces soñadas no sólo por Audrey Hepburn sino por las hordas de turistas que pasan y miran, miran y pasan, cada día. En Tiffany & Co, sin embargo, no hay cola para entrar.

Bottega Veneta

Tiffany & Co
Las colas más largas de la Quinta Avenida se encuentran en Abercrombie and Fitch. Quien sabe si será por la ropa, juvenil y no demasiado cara, por su aire discotequero (música a todo volumen y luz oscura) o por los impresionantes dependientes que atienden y reciben (algunos sin camiseta, todos/as guapos/as y con cuerpo de modelo), lo cierto es que en esta tienda siempre hay unas cien personas esperando para entrar.

Pero sigamos con Audrey Hepburn. O mejor, con Holly Golightly, la alocada protagonista de la novelita de Truman Capote, un relato que escribió en su apartamento de Brooklyn, que estaba situado en el sótano de uno de las casas más bonitas de este condado. La casa, por cierto, está en venta: una millonada.

at 70 Willow St Brooklyn
Los que adoramos las novelas de Truman Capote en general y Desayuno en Tiffany’s en particular, no podemos dejar de ir hasta el lugar en el que este geniecillo loco ideó las aventuras de Holly. Blake Edwars se salió con la suya y, aparte de cambiar el final de su historia, eligió para la película a Audrey Hepburn, que nos encanta, por supuesto, pero que no es Holly. Holly es Marilyn Monroe, o eso pensaba Truman Capote, como explicó insistentemente. Él la amaba, por eso le encantaba bailar con ella en El Morocco y por eso le presentó a Constance Collier, la prestigiosa dama de la escena que impartía clases de interpretación a algunas de las mejores actrices de la época (Katherine Hepburn, Audrey, Vivien Leigh) pero que se resistió a aceptar como alumna a Marilyn. Finalmente, cambió de idea. “Es como el vuelo de un colibrí: sólo una cámara puede expresar su poesía”, dijo.

El mítico P. J. Clarke's 3th Avenue
El 27 de abril de 1955 murió Collier y al día siguiente, celebridades del teatro, la literatura y el cine acudieron a su funeral. También Truman y Marilyn. Cuando terminó, el extravagante escritor y esa “especie de estallido sexual de color platino”, fueron a tomar algo. Truman sugirió ir al P. J. Clarke’s de la Tercera Avenida, pero Marilyn se negó rotundamente: no quería encontrarse a algunas de las plumas más temidas del momento.

P. J. Clarke’s, la única casa de la zona que ha resistido la tentación de convertirse en rascacielos, es otro de los lugares que no te puedes perder de Manhattan. Allí encontrarás las hamburguesas más sabrosas de la ciudad (algo de lo que daba fe, por ejemplo, Frank Sinatra) y podrás ver cómo es el lugar en el que se emborrachaban tantas tardes no sólo las temidas Louella Parson, Hedda Hopper o Kilgallen. También Humphrey Bogart, Richard Harris, F. Scott Fizgerald, entre otros. Como Marilyn se negó a ir a P. J. Clarke’s, bebieron una botella de champán Mumm’s en un restaurante chino muy cutre de la Segunda Avenida, hasta que ella se empeñó en llevar a su amigo a uno de sus sitios preferidos de Manhattan: el muelle de South Street, desde donde se ven los Ferries, las gaviotas y la silueta de Brooklyn al otro lado del río Hudson. Lo cuenta en su relato Una adorable criatura, incluido en su libro Música para camaleones.

Muy cerca de South Street, en el 222 de Bowery, vivió William Burroughs, icono de la generación beat junto a Jack Kerouac. Merece la pena ir. Y quizás, con suerte, te suceda que salga de pronto del portal, sonriente, John Ciorno, el poeta estadounidense que fue integrante de la Factory de Andy Warhol. Él vive ahora en la casa que un día conoció los excesos de Burroughs. Te mira. Y tú, serás tonto, le ves salir del portal y te entra el corte que te impide decirle que tenéisuna amiga en común, por si acaso cuela y te invita a ver el piso

Relativamente cerca de Bowery, atravesando Chinatown, está el Soho, uno de los barrios más encantadores de Manhattan. En Soho es obligado tomar algo en uno de esos bonitos cafés que están abiertos a la calle, entrar en alguna galería de arte, en la librería McNally Jackson (en la que tienen libros traducidos al inglés de tres escritores españoles: Antonio Muñoz Molina, Enrique Vila-Matas y Javier Marías) y, sobre todo, en la impresionante tienda de Prada diseñada por Rem Koolhas, que más que un lugar en el que se vende ropa parece una sala de arte.

Un café del Soho neoyorquino

Opera Gallery, en Soho

Tienda de Prada del Soho

Más sitios míticos: Hotel Chelsea, en el que ahora hay un cartel en el que se lee “cerrado temporalmente”. Esperemos que sea verdad y que tenga reapertura. Hay quien dice que, después del cierre de mítico CBGB, donde nacieron Los Ramones, es el último reducto del NYC bohemio y underground. En el Hotel Chelsea no sólo ha escrito canciones Leonard Cohen. También fue escrita, por ejemplo, 2001: Una odisea en el espacio. Y fue uno de esos sitios de conversación entre intelectuales.

John Lenon vivía en el Edifico Dakota, en el que hoy se encuentran algunos de los apartamentos más caros de NYC. Fue asesinado cuando llegaba al portal. Cuenta la leyenda que el asesino de John Lenon había leído El guardian entre el centeno y no sé qué código cifrado encontró en la novela que le incitó a hacer lo que hizo. Ja. Pobre Holden Caulfield, con lo bueno que era. Holden sería incapaz de hacer daño a una mosca. También allí se rodó esa genial película terrorífica, La semilla del diablo.

En Central Park, a pocos metros del edifico Dakota que vio morir a John Lenon, se encuentranlos patos que tanto obsesionaron al adolescente de J. D. Salinger. Como él, no sabemos dónde van cuando llega el invierno y el agua se hiela, pero sí que ahí están, tan contentos, orgullosísimos de vivir en el parque más famoso del mundo.

Hablando de parques, una gran idea: dormir la siesta en uno de ellos. No hay neoyorquino que no haya dormido la siesta en un parque. En el de Highline, en Chelsea, una especie de parque a las alturas que fue construido sobre las vías del tren, hay tumbonas. Allí verás lo mismo durmiendo la siesta a una ejecutiva con tacones que a un negro sin camiseta.

Seas fan o no de King Kong o hayas llorado o no con la secuencia final de Tom Hanks y Meg Ryan en Sleepless in Seattle, debes subir al Empire State, que es, por el momento, el edificio más alto de Manhattan. Eso sí: ten paciencia. Cinco colas, cinco, te esperarán antes de que puedas subir a uno de esos ascensores que te llevan hasta el cielo. Arriba, en la planta 86, el bello espectáculo hace que te olvides de todo. Más vistas impresionantes en la terraza delMetropolitan Museum. Incluso si eres de los que se marean dando vueltas en los museos gigantescos, sólo por la terraza, debes ir. También en The View (quince dólares una margarita y otros ocho dólares por entrar, eso sí), restaurante a las alturas y en movimiento al ladito de Times Square.

Empire
En Time Square venden entradas de última hora para los musicales de Broadway. Se consiguen mucho más baratas (Mary Poppins a 50 dólares, por ejemplo). Pero no sólo hay musicales: la ciudad está plagada de obras de teatro por descubrir, como Traces, un divertido y arriesgado espectáculo de circo y baile que puede gustarte tanto como para ir dos días seguidos. Ojalá se hagan famosísimos y lleguen a nuestro país. Y conciertos. Porque han cerrado muchas salas, pero sobreviven otras muchas. Ir a un concierto de Beyoncé es demasiado (100 dólares), pero hay muchos grupos a los que puedes escuchar en directo por 10 dólares de nada. En la sala Highline Ballroom, por ejemplo, pudiste ver a Kreayshawn, cuyo Gucci Gucci ya ha sido visto en youtube por más de 14 millones de personas.

he night is crazy y, desde luego, el mejor momento para conocer a gente de allí. Es difícil conocer a neoyorquinos. Todos tienen mucha prisa y no demasiado tiempo como para intentar entender a un español que no domina su idioma. Pero la noche, ah, la noche es otra historia. En la noche no existen tantos problemas. Eso sí, los que somos aves nocturnas creemos que será llegar a NYC y pisar el paraíso. Pero no. Te esperas encontrar clubes gigantes, algunas discotecas como las de Londres o Berlín, llenas de gente guapa y que no cierran nunca. Eso no existe en NYC. La mayoría de los pubs y de los clubes cierran a las cuatro. “Existía antes, ahora no. En los 90 muchas fiestas duraban hasta el día siguiente, los clubes abrían hasta muy tarde. Era increíble. Pero todo cambió hace unos años y ahora todos cierran pronto”, explicaba Mark, de 35 años, nacido en Boston pero residente en NYC, a la salida de uno de esos clubes del centro de Manhattan.
Justo después, te da por encender tu teléfono móvil y empiezas a recibir mensajes de tus amigos y familiares españoles: “¡¡¡¡¡Ten mucho cuidado con Irene!!!!!”, dicen. Entonces tú, que no sabes ni en qué día vives, le preguntas a tu americano que quién diablos es Irene. “A Hurricane”. “¿Un quéeeeeeeeee?”

En Nueva York no se inundaron todos los barrios, tal y como se publicó; tampoco los neoyorquinos entraron en estado de pánico, como se leía en los periódicos españoles. Irene llegó la noche del sábado pasado y la mañana del domingo ya se había ido. No hubo árboles voladores, niel Hudson parecía más poseído que un día de olas grandes en cualquier mar del mundo, pero sí había colas kilométricas en los supermercados la misma mañana del sábado. Casi como si de una guerra se tratara, la gente llenaba sus carritos con provisiones. Por si acaso. Tú, contrariado, sueltas tu carrito y decides no esperar tamaña cola. Te refugias en tu apartamentito alquilado de Chelsea. Y esperas. Sólo tienes dos cosas en la nevera: agua y una de esas salsas que tanto gustan a los americanos. Piensas en contactar a Eugenia Silva, que andaba por aquí, por si te acoge, o aJon Kortajarena, pues un espectáculo horrible desde el sofá de Jon Kortajarena debe ser menos horrible. Desistes.

el modelo vasco jon kortajarena
Llega Irene (¡al fin!) y no parece tan peligrosa. Sales a la calle cuando ves por la ventana a un negro paseando tan tranquilo, con su sombra, su quimera, su paraguas y su camiseta de tirantes. Los cines, los teatros, los supermercados, el metro, los autobuses y todas esas tiendas, McDonals incluidos, que abren las 24 horas, estaban cerradas. Las calles vacías. Otro espectáculo: NYC bajo la lluvia y el viento, y vacía.
Lo mejor. La ciudad de Nueva York es tremendamente individualista, egoísta casi. Va tan rápido como un huracán. Pero también es perfecta para romper la inercia, sacudirse. Y las guías turísticas dirán lo que quieran, pero lo mejor en NYC es dejarse llevar, hacer tuya la ciudad casualmente. Si te dejas llevar por NYC puede que un día te veas en una fiesta en un barco, contemplando el Hudson con una bebida roja, o rosa, en la mano, con cien personas de los cinco continentes bailando a tu alrededor. Si te dejas llevar en NYC puedes verte en un bar del Bronx ahogando una risa con una panda de negros grandes, gigantes, a los que no conoces de nada pero que en ese momento son tus amigos. Puedes verte de pronto en un bar peruano, presenciando un concurso al mejor baile negro peruano, mientras bebes un classic pisco. O recorriendo en bici las zonas más modernillas y alternativas de Brooklyn, guiado por Juan Carlos Zubiaurr, un nuevo amigo que vive allí, que te ha convencido de que casi siempre es mejor ir en bicicleta. Si te dejas llevar, con suerte, puedes vivir cosas que no podrás contar a demasiada gente cuando regreses.
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